lunes, 23 de abril de 2012


Recuperar sus nombres y asumir la tragedia

 En 1977, recuérdese, se puso en marcha la Movida, el detonante estético-moral de la izquierda que atraía la atención sobre una avalancha contracultural en la que se trabajaba en coordenadas muy alejadas del realismo político-social, pero ejerciendo un destacado magisterio entre los más jóvenes con su alternativa falaz.   
    Fue Enrique Tierno Galván, precisamente, quien más contribuyó a difundir las nuevas ideas cuando explícitamente dijo: "Y ahora, ¡colocaros y al loro!". Pero si ya resulta difícil pensar que ese daño fuera causado por quien era el Alcalde de Madrid, es altamente improbable que se produjera sin el concurso del propio Gobierno de la nación, presidido por Adolfo Suárez, por cuanto a su entender había que hacer "normal" todo lo que de anormal empezaba a estar en la calle. Una idea que se consolidó sobre el  argumento de que hasta la muerte de Franco la libertad y la cultura habían sido sólo una ilusión, dos realidades esquilmadas por el empeño de someter todo al orden militar-represor de la dictadura. Análisis imperdonable que indudablemente hoy no se sostiene, pero que en aquel momento si se hacía. Y cuya voluntad por parte de sus voceros era incidir críticamente en la conciencia de la sociedad española con la intención de movilizarla en favor del discurso de la involución política, social, moral y cultural de la sociedad española.
    Tales han sido las nefastas consecuencias de aquella etapa que debimos sufrir, que han quedado arrinconadas a la letra de las revistas de un puñado de fascistas y fuera de la  crítica de inspiración izquierdista, que ha preferido desentenderse del estudio de la tragedia con una actitud pretendidamente superadora, según la cual cada generación tiene que sufrir sus problemas, y un argumento perverso: la tragedia ha muerto porque los chicos también lo están.
    Estamos hablando de la historia de muchos de nuestros jóvenes, de jóvenes que no pudieron volver atrás y que se perdieron. Jóvenes, compañeros de generación para muchos de nosotros, que pudieron ser muy distintos si se les hubiera dejado crecer como lo que eran, adolescentes. Jóvenes que quedaron atrapados en la droga, y a partir de entonces vivieron tras su propia muerte anunciada. Jóvenes a quienes alumbró la desesperación porque tuvieron la desgracia de vivir en una sociedad que les destruyó, que les dejó solos y que luego ha tratado de esconderlos en una apuesta inmisericorde que desvela el calado moral del sistema, pero que, pese a todo, no puede borrar la conexión existente entre su quehacer y la vida por ellos representada.
    Pero como nada de lo que pasó puede quedar en el olvido, se hace evidente que el repudio de lo que hoy tratamos recae sobre quienes, so pretexto de la libertad, incidieron en las conciencias con intención de movilizarlas, aprovechando ese tiempo caracterizado por la confusión en favor de su alternativa y propósito. Por eso mi intención última es recuperar sus nombres y que del montón de escombros dispersos emerja una nueva lectura de lo trágico en la que por detrás de las grandes escenificaciones del conflicto se exalte la realidad de aquel sufrimiento humano, tan cercano y tan pendiente.  

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