Recuperar
sus nombres y asumir la tragedia
Fue Enrique Tierno Galván, precisamente,
quien más contribuyó a difundir las nuevas ideas cuando explícitamente dijo: "Y
ahora, ¡colocaros y al loro!". Pero si ya resulta difícil pensar
que ese daño fuera causado por quien era el Alcalde de Madrid, es altamente
improbable que se produjera sin el concurso del propio Gobierno de la nación,
presidido por Adolfo Suárez, por cuanto a su entender había que hacer
"normal" todo lo que de anormal empezaba a estar en la calle. Una
idea que se consolidó sobre el argumento
de que hasta la muerte de Franco la libertad y la cultura habían sido sólo una
ilusión, dos realidades esquilmadas por el empeño de someter todo al orden
militar-represor de la dictadura. Análisis imperdonable que indudablemente hoy
no se sostiene, pero que en aquel momento si se hacía. Y cuya voluntad por
parte de sus voceros era incidir críticamente en la conciencia de la sociedad
española con la intención de movilizarla en favor del discurso de la involución
política, social, moral y cultural de la sociedad española.
Tales han sido las nefastas consecuencias de
aquella etapa que debimos sufrir, que han quedado arrinconadas a la letra de las
revistas de un puñado de fascistas y fuera de la crítica de
inspiración izquierdista, que ha preferido desentenderse del estudio de la
tragedia con una actitud pretendidamente superadora, según la cual cada
generación tiene que sufrir sus problemas, y un argumento perverso: la tragedia
ha muerto porque los chicos también lo están.
Estamos hablando de la historia de muchos
de nuestros jóvenes, de jóvenes que no pudieron volver atrás y que se
perdieron. Jóvenes, compañeros de generación para muchos de nosotros, que
pudieron ser muy distintos si se les hubiera dejado crecer como lo que eran,
adolescentes. Jóvenes que quedaron atrapados en la droga, y a partir de entonces
vivieron tras su propia muerte anunciada. Jóvenes a quienes alumbró la
desesperación porque tuvieron la desgracia de vivir en una sociedad que les
destruyó, que les dejó solos y que luego ha tratado de esconderlos en una
apuesta inmisericorde que desvela el calado moral del sistema, pero que, pese a
todo, no puede borrar la conexión existente entre su quehacer y la vida por
ellos representada.
Pero como nada de lo que pasó puede quedar
en el olvido, se hace evidente que el repudio de lo que hoy tratamos recae
sobre quienes, so pretexto de la libertad, incidieron en las conciencias con
intención de movilizarlas, aprovechando ese tiempo caracterizado por la
confusión en favor de su alternativa y propósito. Por eso mi
intención última es recuperar sus nombres y que del montón de escombros
dispersos emerja una nueva lectura de lo trágico en la que por detrás de las
grandes escenificaciones del conflicto se exalte la realidad de aquel
sufrimiento humano, tan cercano y tan pendiente.
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